Como una oscura noche que se cierne sobre lo más profundo de mis anhelos, me quiebra y ahoga la huella que está dejando en mí marcada.

Desde lo alto de mi aislada atalaya observo un presente borroso y un futuro incierto; vigilo las desconocidas calles, ajena a ellas, buscándome y tratando de identificarme en cada casa, en cada paisaje y en cada cielo.

Por cada día que pasa se postra ante mis dudas e inseguridades, mis miedos e imposibilidades, la inevitable cuestión de si pertenezco al territorio o él habita en mí. ¿Y qué hago yo por él?¿Qué hace él por mí?

 

Ataviada a diario subo y bajo, voy y vengo. Recorro el camino de una triste insignificancia, sufriendo con ironía al ver los sueños nadar por ríos negros.

Como el pueblo refundado, renazco de las guerras y lo nuevo oculta lo viejo. Y miro en el espejo la aprobación de una niña, que nunca calla, que siempre se esconde; que explora fuera lo que arde y fluye por dentro.

La calma me desorienta y el cantar de los pájaros despierta mis deseos, mas se adueña una percepción desconocida que vacila y me tambalea.

Las luces de la ciudad me ciegan, los olores revuelven mis creencias, pero simplemente tropiezo.

En la pequeña plaza todos ríen, cantan y juegan pero desde la ventana yo me mareo, añorando el arraigo que siempre tuve y nunca escuché y sin embargo, aún no quiero.

 

El tiempo pasa.

El tiempo pesa en mí.

Juega con mi llamada interna y me somete a una voluntad no deseada, a un espacio no defendido.

Perdida en la inmensidad de un silencio ensordecedor, me levanto una y otra vez, indagando ese camino de regreso que sólo yo conozco.